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Las horas resbalaban lánguidas en el reloj de la sala, mientras gruesas gotas de sudor recorrían su cuello, se apretaban entre sus pechos y alcanzaban su vientre redondo en el que una nueva vida, apenas insinuada, luchaba por encontrar su lugar en el mundo. De vez en cuando una leve brisa agitaba los visillos de la ventana y hacía sonar un móvil de caracolas. En el silencio de la tarde, el tic-tac del reloj ponía ritmo a la infinita monotonía de su existencia. Únicamente el pálpito de aquel nuevo ser en sus entrañas la hacía sentirse realmente viva; aquella pequeña porción de si misma a quien solo ella amaba y esperaba, cuya existencia solo ella conocía.
El entró en la sala con su bolsa de viaje repleta de pedazos de vida, de años de amargura, de infinitas lágrimas, de airados reproches. Sin atreverse a enfrentar su mirada murmuró:
- Si hubiéramos tenido un hijo, quizá todo habría sido diferente. Lo siento.
Ella le dejó ir. Siguió sus pasos apresurados desde la ventana, sus ojos parecían empujarle más y más rápido hasta que pronto desapareció en la distancia. Entonces, lentamente se hundió en la penumbra de la sala, acarició suavemente su vientre fecundo y en un dulce susurro dijo:
- Fernando, vete a la mierda.
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